‘Solidaridad’ a pie de caja
Foto: Banco de Alimentos de Córdoba

En estos días miles de voluntarios de toda España han realizado una labor encomiable en la campaña de sensibilización promovida por la Fundación del Banco de Alimentos, a través de la cual y a pie de ‘caja’ de las grandes superficies se pedía la colaboración de los clientes compartiendo parte de su compra, muy en particular en lo referente a los productos básicos de primera necesidad. Respecto a la idea impulsada hace unos años por el Banco de Alimentos nada que objetar, pues todo lo que sea aportar apoyo, calor, comida y recursos a los más necesitados siempre ha de ser recibida con esperanza y satisfacción, pero en lo referente al trasfondo del enorme éxito de la campaña, sí que existen varios e importantes puntos para matizar y sobre los que convendría discrepar abiertamente.

Concepto de solidaridad

Vaya por delante que la palabra solidaridad es un derivado del adjetivo latino solidus y expresa la cualidad de aquel que se adhiere a una causa común. Según la Real Academia Española su definición es “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros". Por tanto todo tipo de solidaridad que no se lleve a cabo con solidez, empatía y sin ánimo de lucro individual constituirá un engaño en toda regla. La palabra solidaridad es muy grande, implica sociabilidad, unión, cooperación, ayuda mutua, esos son sus verdaderos valores, desgraciadamente desvirtuados con el tiempo y la cada vez más lejana distancia entre las clases sociales.

El lavado de conciencia del Homo consumericus

 La solidaridad además nunca debe ser circunstancial sino duradera, pues constituye un claro síntoma de que la repartición de los recursos no es equitativa, y aunque pueda parecer una contradicción, la verdadera meta debería consistir en que esta ‘solidaridad moderna’ fuera cada vez menos necesaria, porque sería una señal de que la humanidad está cambiando. No es viable la solidaridad sin empatía, y el concepto moderno de solidaridad apesta a lavado de conciencia a búsqueda de reconocimiento. Conceptos abismalmente lejanos a la unión de un grupo de seres humanos, que ubicándose en el lugar del otro, se desprenden de un parte de sí mismos en beneficio de otros grupos menos agraciados y más necesitados. Es la solidaridad por tanto una bonita respuesta, pero una triste consecuencia de los graves errores del Homo consumericus.

Foto: http://www.fernandorodriguez.com/
Foto: http://www.fernandorodriguez.com/

Arrojan los números que la campaña a nivel nacional ha resultado un éxito absoluto, pero este lavado de conciencia a nivel nacional que será tremendamente celebrado y elogiado, posee otra importante lectura que a muchos de los que han colaborado en la campaña se les ha pasado por alto. No existe nada más usurero que lucrarse gracias a la palabra solidaridad y nada más ruin que hacerlo gracias a los pobres, mucho más cuando el que lo hace es una empresa multinacional que factura al año miles de millones. Según cálculos efectuados por la FAO y la Comisión Europea: más de 385 millones de kilos de alimentos de excedentes de grandes superficies acaban triturados en vertederos cada año en España. Cierto es que tras el informe del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente del año 2012, en el que se reveló que solo el 20,5% de los supermercados entregaban los excedentes y productos retirados a alguna oenegé o banco de alimentos, algo empezó a cambiar con el 80% restante. Pero son muchas las razones por las que este tipo de compañías multinacionales se deberían de avergonzar.

El fariseísmo de las grandes superficies

En primer lugar porque hacer una campaña de solidaridad a pie de caja de una cadena multinacional de distribución de alimentos constituye un acto de fariseísmo de inmensas proporciones. No en vano se ‘invita’ al comprador, al consumidor, a la acción solidaria efectuando compra doble en productos de primera necesidad previo paso por caja, obteniendo por tanto la citada cadena unos beneficios económicos extras a costa de la solidaridad y en último término de los pobres a los que van destinadas las toneladas de alimentos (que se traducen en dinero para el vendedor). El evento social es el que prevalece, pero el trasfondo lucrativo y económico constituye la trampa y el enésimo engaño al ciudadano. Sería por tanto mucho más justo y coherente a nivel social que en la citada campaña la implicación de las grandes superficies fuera diametralmente distinta, pues el sentido de la solidaridad se pierde justo en el momento en el que el primer eslabón de la cadena se beneficia económicamente. En este caso convendría recomendar a las cadenas de distribución, que deberían hacer un balance económico o estudio de cuentas, para que en esos días de campaña de solidaridad, los beneficios de la doble compra fueran derivados a los más necesitados. A los verdaderos destinatarios de la campaña y no a multinacionales que facturan miles de millones al año. O cuando menos declarar los citados periodos de campaña social como días de los productos básicos de primera necesidad, en los que abaratar el coste al consumidor o destinar un porcentaje económico de los mismos a las distintas ONG que trabajan a diario por mejorar la vida de los más desfavorecidos.

Foto: http://esmadridnomadriz.blogspot.com.es/
Foto: http://esmadridnomadriz.blogspot.com.es/

Por todo ello es evidente que la recogida de miles de toneladas de alimentos es un motivo para celebrar, para no perder la esperanza, pero que el árbol no impida ver el bosque que hay detrás. Es preferible mil veces adquirir los citados productos básicos en uno de aquellos casi extintos y pequeños ultramarinos o almacenes de barrio, para entregarlos posteriormente a un vecino necesitado o a  una ONG, que caer en la trampa de esta ‘solidaridad a pie de caja’ de una gran cadena. Tras el primero de los casos al menos se podrá empatizar con un autónomo que fía a medio barrio y que a duras penas puede llegar a final de mes para garantizar el sustento de una familia, que a fin de cuentas es de lo que todo esto trata. 

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