Texto perteneciente al libro «Vuelo estático» del escritor estonio Jaan Kross

Pues bien, he aquí la historia de mi viejo amigo, Ullo Paerand, objeto de mi simpatía, de mis dudas y de mi admiración.
   De pasada, ya he hablado de él en algún sitio. Pero necesita más espacio. Necesita un tratamiento distinto, cobrar mayor protagonismo. En primer lugar, por ser quien es, sin más. Pero también por el papel que tuvo en un proceso anterior, el de la construcción de su propia historiografía. Y, finalmente, por el que desempeñó en el trasfondo histórico en el que figuraba. No fue un papel protagonista, pero sí, al menos, decorativo.

Nos conocimos en la famosa Academia Wikman. Y el hecho de que quedase fuera del círculo de los chicos de Wikman, círculo que inspiró mi novela así titulada, se debe sencillamente a que allí la acción se desarrolla casi en exclusiva entre compañeros de clase, y él era cuatro o incluso cinco años mayor que nosotros. A lo que he de agregar otra razón para dejarle al margen de aquella galería: ya entonces intuía que a Ullo no le bastaría con que le tratara como a uno más de la pandilla, sino que sería necesario que me ocupase de él extensa e individualmente.

Conque la primera vez que me llamó la atención debió de ser en las escaleras de Wikman, o en su amarillo salón de actos, en torno al año 1933 o 1934, cuando yo tenía unos doce o trece años y él entre dieciséis y dieciocho. Yo estaría, me imagino, en el último curso de la escuela primaria y él ya en el décimo curso de la secundaria. O puede que hasta fuese ya a bachillerato. En cualquier caso, era alto, flaco, tenía la cara estrecha y una nariz más bien larga, delicada, y la nuez grande… En definitiva, Ullo era un chico larguirucho que a menudo parecía estar resfriado.

No recuerdo si en aquel tiempo ya era yo consciente de la diferencia entre el volumen de los cerebros de Turguénev y France (si no recuerdo mal, el primero pesaba 2018 gramos y el segundo 1343), aunque probablemente sí que lo supiese, porque no me llamó la atención en ningún momento que a él (o sea, a Ullo) le cupiera en un cráneo tan chico, como de pájaro, un intelecto tan notable. No tardé en darme cuenta de que era muy inteligente. Pero antes incluso de que entablara amistad con él no pude evitar fijarme en lo mal vestido que iba. Algo que no solía suceder en Wikman. Las mangas cortas, la camisa desgastada por los codos, el abrigo raquítico, los pantalones raídos… No es que vistiese con desaliño, nada de eso. Llevaba los puños de las camisas y los ojales cosidos con esmero, así como un parche en el pantalón protegiendo el trasero que, para más señas, era de una tela que más o menos hacía juego con el resto. Pero lo que más me llamó la atención de su indumentaria fue que llevase siempre la misma gorra de color rojo oscuro y ala negra, la gorra del instituto, incluso cuando más arreciaba el frío. La llevaba cuando todos los demás chicos iban al colegio con esos gorros de pieles con orejeras; a los más pequeños sus madres les habrían embutido bien las cabezas en ellos antes de salir de casa, y a los mayores les habrían rogado encarecidamente que se los pusiesen solos, en vista de aquel frío tan cortante. Algunos, por cierto, se los ponían voluntariamente, a pesar de que, si por ellos fuese, también hubiesen salido de casa con la gorra del uniforme, plantándole cara al frío. Había días de frío en los que no queríamos ir al colegio con el gorro, porque haciéndolo nos delatábamos automáticamente como unos niños de mamá. En los días más gélidos, quien salía así a la calle demostraba un enorme estoicismo y dominio de sí. A mí, no hay ni que decirlo, mi madre me encasquetaba el gorro de invierno sin que dijese ni mu. Aunque intentaba justificar esa fastidiosa cautela invocando un reciente ataque de otitis, era francamente una lata tener que llevar el gorro, y a mis ojos, todo esto convertía la hazaña de Ullo en algo todavía más envidiable. Pensé así hasta que supe (aunque no me acuerdo de cómo lo averigüé) lo que pasaba en realidad: Ullo, sencillamente, no tenía gorro de invierno. A partir de entonces, lo de ir al colegio con la gorra del instituto dejó de ser un rasgo excéntrico, digno de reverencia, y adquirió para mí un tinte en cierto modo patético.

Los chicos del décimo curso, por no hablar de los del undécimo, no solían relacionarse con los más pequeños. A no ser que, por ejemplo, tuvieran un hermano en sexto y su madre les hubiese ordenado vigilar al pequeñajo, no fuese a aventurarse fuera del edificio del colegio a veinte bajo cero para ir al gimnasio, vestido solo con la chaqueta. El gimnasio estaba a un kilómetro y, a veces, los mocosos de doce o trece años iban hasta allí para probar su hombría. En aquellos casos, si el hermano mayor había quedado encargado de asegurarse de que el menor se ponía el abrigo y la bufanda como dios manda, podía darse que todo un candidato al examen de reválida de bachillerato se tuviese que rebajar y acudir a la puerta del guardarropa para gritarle a su hermano menor: «¡Eh, tú, pedazo de zoquete! ¡¿Es que voy a tener que ir yo a abrocharte el abrigo?! ¡Venga ya, hombre, andando y como las balas!».

En el resto de los casos, los contactos personales de los chicos mayores con los menores eran sencillamente inexistentes. Y a Ullo no le concernía en absoluto si yo me ponía o me dejaba de poner el abrigo o la bufanda. A pesar de lo cual, acabamos coincidiendo. Creo recordar que ocurrió durante un recreo especialmente largo.

Sucedió que nuestro maestro Schwarz, un alemán estrafalario, tuvo a bien preguntarnos un día (tenía que estar fuera del programa, porque era materia de noveno curso) qué clase de hombre fue y qué escribió un tipo francés llamado Adelbert von Chamisso. Se lo teníamos que decir en la siguiente hora de clase. Yo me lo había estudiado un poco, pero, cuando llegamos al aula, el señor Schwarz me sacó inmediatamente a la pizarra y me empezó a preguntar. Quería saber cuál era el nombre de una condenada isla (yo sabía que era una isla del Pacífico) sobre la cual el tal Chamisso había compuesto un poema entero. Pero el nombre de aquella isla se me había olvidado y no me estaba permitido separarme de la pizarra para ir a mirar los apuntes de mi cuaderno. Y fue precisamente el peso de esta preocupación lo que me condujo a Ullo, que en el recreo siguiente se encontraba arriba, en el salón. 

En ese momento, había en aquel salón unos trescientos chicos de entre el séptimo y el undécimo curso, paseando tranquilamente como una masa apretada que no se movía con ritmo del todo uniforme y maquinal, sino dando lugar a un caos humano que, sin embargo, seguía un cierto orden preestablecido: algunos se juntaban en alegre gresca dentro de un gran corro, mientras que otros se mantenían fuera del mismo, como manchitas esparcidas acá y allá. Mientras tanto, Ullo estaba de pie dándole la espalda al salón, con las manos cruzadas sobre el trasero, bajo el busto de yeso de Tõnisson que quedaba oculto entre las cortinas amarillas, mirando por la ventana. Yo me acerqué, de lo que infiero que sabía que él me podía ayudar a salir del apuro, y le pregunté (ahora que lo pienso, creo que fue justo entonces cuando me di cuenta de que a veces bizqueaba con el ojo izquierdo, que se le desviaba hacia la nariz).
  
 —Ullo, dime, ¿cómo se llamaba esa isla sobre la que Chamisso escribió un poema?
   Él me dirigió una mirada sorprendida y benévola a la vez que condescendiente. 
 —¿Os lo ha preguntado el señor Schwarz? ¡Qué pirado! A este paso, dentro de nada se lo preguntará también a los de segundo, que aún llevan babero. Pues nada, la isla se llama Sala y Gómez. Es el nombre del tipo que la descubrió, me imagino que un español. Pero si me vas a preguntar sobre el tamaño de la isla, cuántos kilómetros cuadrados tiene o algo por el estilo, no lo hagas. He consultado tres enciclopedias y las tres daban cifras distintas: 0,12, 4 y 38,5. Algo, por cierto, que resulta muy ilustrativo, porque da una idea de la credibilidad que merecen las enciclopedias. De cualquier modo, Chamisso fue allí en el año 1816, cuando estaba dando la vuelta al mundo en barco. Era botánico en la expedición de Kotzebue. A propósito, Kotzebue había nacido en Tallin.

   —Le pusieron su nombre a una calle. Paso por ahí todos los días.
   —¡Ah, caramba! —dijo Ullo—. ¿Y dónde vives?

Le di mi dirección y, si no recuerdo mal (hace ya sesenta años), fue esa misma noche cuando vino a mi casa por primera vez.
Nos sentamos en mi habitación, un poco cohibidos. Al menos, yo me sentía así, y tuve la impresión de que él también. Se quedó un rato mirando fijamente mis tubos de ensayo, mi lámpara de alcohol, los trozos de pirita que me había traído de la playa de Merivälja y todo el resto de «trastos de laboratorio» que tenía por allí, y finalmente dijo gruñendo:

   —¡¿Es que quieres encontrar el secreto de la piedra filosofal?!
   Me encogí de hombros y quise desviar la conversación hacia otro terreno:
   —Cuéntame más cosas de esa vuelta al mundo en barco de Kotzebue.

   Pero a Ullo no se le daba bien contar historias, por lo menos de viva voz. Sus discursos salían entrecortados, avanzaban como a trompicones. El relato solía quedarse a la mitad y él con la boca entreabierta (aunque, de eso, yo solo me daría cuenta bastante más tarde), para acabar preguntando poco rato después: «¿O me estaré equivocando y no sería así, sino que…?». Otras veces, según lo que estuviese contando, si venía al caso también podía acabar con: «O quizá tendríamos que hacerlo al contrario, ¿no?…», y añadía a continuación algo que rayaba en el absurdo.

 —Oh, ¿Kotzebue? Una camada sorprendente. Cinco hijos. Los cinco aparecen en todas las grandes enciclopedias. El primero: navegante, del cual ya hemos hablado. Descubrió 399 islas. El segundo: periodista, militar y explorador. El tercero: general, pero no un general cualquiera, sino general de infantería de alto rango y gobernador militar de Polonia; más tarde le darían el título de conde. El cuarto: diplomático, escritor y embajador ruso en Suiza. El quinto: pintor. Pintor de escenas bélicas. Y, también en su caso, no un pintor de batallas cualquiera, sino que hizo, por encargo del káiser, la mitad de las pinturas del Palacio de Invierno. Pero, todavía más sorprendente que estos cinco, fue el padre. Un dramaturgo que acabó en Siberia por orden del káiser. Lo mató a tiros un universitario alemán. Aunque vivió durante muchos años en Estonia y escribió doscientas dieciséis obras de teatro. Según muchos, era un intrigante, un bribón y un infiltrado, pero tal vez no… ¿Cómo podría haber tenido, entonces, semejantes hijos?

También jugábamos al ajedrez. Él ganaba siempre, desde luego. Incluso cuando, por iniciativa propia, me dio handicap de torre. Recuerdo que su estilo de juego era tal que desde la apertura provocaba en su oponente, a través de una serie de movimientos completamente inesperados, un fantástico desconcierto. Solo después de haberme acostumbrado, hasta cierto punto, a su forma de jugar (y cuando me ofreció, en vez de torre, una reina de ventaja), empecé a ganar alguna partida. Pero eso pasó mucho más tarde.

En esa primera ocasión, como en todas las sucesivas, mi madre invitó a Ullo a cenar con nosotros. Una vez estuvimos sentados a la mesa, no le quedó otra que contestar a las preguntas de mi padre:

   —¿En qué trabaja tu padre?
   —Es empresario. Al menos por lo que yo sé, vamos.
   Mi padre frunció el ceño:
   —¿Qué significa eso, de que «por lo que tú sabes»?
   —Quiero decir que cuando vivía en Estonia era promotor inmobiliario, pero ahora ya lleva varios años en el extranjero y no sé con exactitud a qué se dedica. Laboralmente hablando. En cuanto a lo demás, la misma historia de siempre.
   —¿En qué sentido?
   —Buf, pues algunos comentan que se está escondiendo, en Luxemburgo o donde quiera que esté, de los acreedores que tiene aquí.
   —En ese caso, será que tiene motivos para hacerlo —dijo mi padre con flema.
   —O puede que no. Puede ser que simplemente se haya liado con una mujer francesa y que no quiera disgustar a mi madre.
   —¡Ah, claro! También puede ser —asintió mi padre—. Entonces la historia sería más fácil de entender. O quizá más difícil.

Después de la cena, Ullo y yo nos metimos otra vez en mi habitación. A las once, mi madre vino a decirnos que ya era hora de que yo me lavase para irme a dormir. Ullo se levantó, dio las gracias por la cena a mi madre y se marchó. Y mi madre resumió así esa primera visita suya:
  
 —Verdaderamente, un chico educado. Pero, la ropa, ¿no lo habéis notado?, le huele a caldera. Será de ese huerto de Nõmme donde dicen que están viviendo ahora, en el cuarto de calderas del entresuelo. Por otro lado, es evidente que no ha aprendido a marcharse a tiempo de casa ajena.

Y cuando mi padre (que nunca recelaba de nadie, aunque muchas veces sonriese con ironía cuando se hablaba de cierta gente) se calló y no dijo nada al respecto, mi madre (que nunca ironizaba sobre nadie, pero que podía recelar casi de cualquiera) agregó:

   —Dicho sea de paso, Jaak es un niño todavía, pero ese Ullo es casi un hombre adulto. Y yo me pregunto: ¿qué estará buscando en Jaak?
   La respuesta de mi padre me gustó tremendamente:
   —Obviamente, él opina que Jaak no tiene nada de niño.




Jaan Kross (Tallin; 19 de febrero de 1920-27 de diciembre de 2007)[1] fue uno de los escritores más destacados de Estonia y candidato varias veces al Premio Nobel de Literatura durante la década de 1990.

Jaan Kross (Tallin; 19 de febrero de 1920-27 de diciembre de 2007)[1] fue uno de los escritores más destacados de Estonia y candidato varias veces al Premio Nobel de Literatura durante la década de 1990. Biografía completa: Jaan Kross.
Texto perteneciente al libro «Vuelo estático» de Jaan Kiss.

Fotografía de Kevin Lee (en Unsplash). Public domain.

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