Dos poemas de Francois Villanueva Paravicino

Las cenizas del ocaso

«porque la noche está de ojos abiertos» 
BENEDETTI

El arrecife de coral, al pie del abismo, era un dulce
que paladeaba la hioides, la hioglosa y el septum medio.
Podía alucinar aquel efecto de hachís como si bebiera el vino
y en mi sonrisa relampagueaba el invicto de las tragedias del arconte.
Eran huracanes cuyo ojo yo domaba con látigos,
sentía el poder cubriéndome de crueles carcajadas y yo, ileso, 
disfrutaba las ofrendas como la artemia salina de lo efímero.
Vislumbraba aquel sendero de espinas y rocas abruptas,
como la playa de Maldivas antes de ser hollada por Adán, 
pese a los barrancos, la sangre derramada y las lágrimas.
Aquel destello era un torbellino de fuego, castillo de lava infinita,
yo las besaba con la pasión del amante ciego, y me sonreía
sin saber que todo se empozaba en el fondo níveo,
sin llagas ni queloides del que ha pisado el Infierno Telúrico,
ni del que ha visto los ojos llenos de furia de Medusa, la inaccesible.
Todo se almacenaba ―gota a gota― en los 365 crepúsculos,
hasta en los bisiestos de bellas sorpresas, como aguas tranquilas,
donde me sumergí y nací como Jesús al ser crucificado,
cuyos clavos, con devoción, yo coloqué en el trono áureo,
antes de abrir los ojos a la vida y, es cierto, al amor y la destrucción. 
Aquella tarde bebí la sangre propia, en una celda oscura y fría,
ahogándome en la cicatriz de dientes infinitos, con ráfagas hirientes
de bóvedas celestes, cuya sombra amé con frenesí, tan dulce,
tan tierna, que estocaba bajo el cenit como una espada ardiente, 
y entonces yo era las ascuas del fénix malherido,
deseando como el neófito el altar de su nueva iglesia,
ya destruida por el eclipse de los astros opacos,
ya en el hemisferio opuesto de las huellas de nuestros pasos.  


Los adioses

La torre crecía potente como el fuego,
azotado por los escombros de un precipicio, 
atacado por la lluvia de un cielo con la boca fruncida,
y yo sembraba a su pie un jardín de lirios,
cuyos pétalos reflejaban mis ojos bañados en sangre,
las pulsiones sanguíneas en su génesis,
las tormentas de sol bajo una noche de eclipse. 
Las sombras de las galeras eran blancas,
las disfrutaba como el ciego que mira una mañana, 
tras dormir con fiebre, falto de aire, sudoroso,
pese a haber orado por su alma y por la de los prójimos.
El lirio florecía por distintos caminos,
ya hollados en horas lejanas, ya respirados con placer,
con aquella resaca del eterno ebrio de fuego,
que, como la salida de una celda de distintas puertas, 
ofrecía recuperar las medallas de su museo personal.
Y con aquel cuchillo que arranca las raíces,
o que encesta el último respiro, 
tuve que dibujar en la tierra de los lirios, 
una despedida que, como toda despedida
de personas que no deben despedirse, 
nunca expresa el fin del universo.  

 






Francois Villanueva Paravicino
Escritor (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas, diarios y/o, de su propio país como de países extranjeros. Mención especial del Primer Concurso de Relatos “Las cenizas de Welles” (2021) de España. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios. 


Photo by Justice Dodson on Unsplash (public domain).

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