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Analistas 05/09/2022

La infocracia y sus distorsiones

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

El frenesí comunicativo al que estamos sometidos y su uso desaforado en la vida pública invita a analizar el régimen no escrito de la información, así como el fenómeno de la digitalización del mundo en que vivimos y su avance inexorable, dice el filósofo surcoreano Byung- Chul Han en su libro “Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia”, una publicación muy comentada en las últimas semanas para explicar cómo ese fenómeno se ha apoderado también de la esfera política y distorsiona el proceso democrático. El exceso informativo y su manipulación impide que la sociedad pueda tener contenidos objetivos, sin intencionalidad, pero tal vez lo más grave es que en efecto ha logrado dividir, engañar, radicalizar y crear realidades artificiales que son usadas sin pudor por los que buscan beneficiarse de alguna de manera sin escrúpulos, sin cuidar el bien común ni la cohesión nacional.

Ya estamos en un nivel de distorsión tal que amerita que el estado y la misma sociedad se cuestionen y busquen correcciones porque hay que salvaguardar los valores de la democracia y, en lugar de vapulearla, corregir sus deficiencias para que nuestros hijos puedan recuperar el derecho a informarse bien, de forma correcta y bajo los principios de la objetividad, la solidaridad y la ética.

Esta información manipulada que controla, que se empodera e invade el mundo hace que día a día se pierdan los principios fundamentales de la convivencia y el respeto, lo que hace más imperativo que tomemos cartas en el asunto por el bien de los valores de la democracia, para que no queden irremediablemente a merced de los troles, los bots, los fake news y demás anglicismos y nuevas expresiones que invaden el mundo digital y se están aprovechando de la amplitud de las posibilidades que ofrecen las plataformas, las aplicaciones y las redes sociales.

Hoy las guerras de información se libran con todos los medios técnicos y psicológicos imaginables. En algunos países los electores son llamados por robots e inundados con noticias falsas. Ejércitos de troles intervienen en las campañas electorales difundiendo de forma deliberada teorías conspirativas. Los bots se hacen pasar por personas reales y publican, difunden comentarios necios cargados de odio. Los ciudadanos son sustituidos por robots. Generan voces masivas con un coste marginal y alto impacto. Con tuits y comentarios se puede influir negativamente en la opinión colectiva, para que vayan en una dirección u otra, sin importar el daño que se pueda ocasionar. Los estudios demuestran que basta un pequeño porcentaje de bots para cambiar las tendencias de opinión. Puede que no influyan de manera directa en las decisiones de voto, pero manipulan los ámbitos de decisión.

Y estamos todos con nuestros dispositivos en la mano, recibiendo una lluvia constante de información, sin discriminar, sin importar criterios ni tener claridad de que es verdad o mentira. ¿Cuántas personas son conscientes de ello? ¿Qué hacemos si somos tan ínfimos en ese universo virtual? Tal vez sea hora de que los estados, los gobiernos, los líderes políticos y sociales comiencen a poner más atención a este asunto, antes de convertirnos en los súbditos inconscientes de un Gran Hermano invisible que distorsiona y anarquiza las instancias institucionales, los canales de la concertación, del diálogo, la posibilidad de ponernos todos en la misma página para trabajar por el bienestar común y el desarrollo sostenible de la humanidad.

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